Isaac era un niño de diez años quepadecía insomnio.
Por alguna desconocida razón, pasada la media noche se despertaba y nada le
servía para conciliar de nuevo el sueño. Había probado contar ovejas, leer cuentos de aventuras,
beber leche caliente, montar rompecabezas pero todo era inútil.
Un médico le sugirió que oír
el ruido del mar le
ayudaría a dormirse. Desesperados sus padres decidieron mudarse a un pueblecito
de mar y alquilaron una torre sobre un acantilado. Isaac estaba maravillado con
aquel lugar.
La primera noche se fue a dormir con la ventana bien abierta.
Escuchaba el rumor del mar como una si se tratara de una melodía de buenas
noches, pero la emoción acumulada le impidió de nuevo dormirse. Se levantó y de
puntillas salió por la puerta trasera que daba al jardín. No llevaba linterna
pero el cielo estaba muy iluminado y él no le tenía miedo a la noche.
Llevaba un rato caminando por los acantilados cuando de repente divisó
una figura. Se acercó con cautela como si fuera un espía de
película y se escondió entre unas rocas. Cuando la vista se le acostumbró a la
oscuridad vio a un hombre mayor sentado en el borde del abismo. Entre las manos
sostenía una caña de pescar muy larga que llegaba hasta el mar. De vez en
cuando recogía el hilo de la caña, separaba algo que Isaac no conseguía ver y
lo dejaba en una cesta a su lado.
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